2015 “El espejo del arte”

-2015 “El espejo del arte” ramona revista de artes visuales en dossier de escrituras críticas coordinado por Guadalupe Maradei, diciembre. Buenos Aires, Argentina

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Así llegué yo, seducida por la arquitectura de un castillo cubierto de urbe en el límite del mundo.

Toqué la puerta, nadie contestó. Pensé en irme, pero me pareció ridículo no esperar un momento más. Finalmente una mujer salió por mí y, sin palabras, me condujo a una puerta interior más pequeña. Tuve miedo. La mujer se parecía mucho a mí. Cada rasgo suyo se repetía en mi rostro y en los espejos del ascensor, si yo hacía un movimiento la mujer también lo hacía. Encerrada ahí con ella, en esa jaula hecha de flores de hierro y llena de espejos me dijo: te está esperando. Él ya te está esperando.

Entré a una sala donde el sol corría por toda clase de artefactos: fotografías, pinturas con sangre, vasos de cloroformo con chinchulines trenzados, libros y esculturas de grasa. No tuve miedo por lo que vi, sino más bien por lo que sentí. Había una extraña familiaridad en el ambiente a la que no le tomé importancia. Con esa familiaridad entré en un estado de alerta que no dejaba de advertirme que era mejor que me fuera.

Después de aquella primera visita no logré salir jamás del castillo. Los días transcurrían monótonos y sin cambios. Por la mañana venía el rey a pedir a sus sirvientes toda clase de caprichos. Como una ráfaga de viento nombraba una por una las tareas a sus súbditos mismas que cumplíamos sin el más mínimo error. Toda la tarde transcurría en hacer los deberes para que a la mañana el rey no tomase venganza. Poco a poco comencé a sentir que el encantamiento del castillo se evaporaba en un clima húmedo y sofocante. Traté de recordar el lugar de donde yo venía, pero las imágenes se borraban cada que buscaba alcanzarlas. ¿Qué estaba haciendo ahí? Mis deberes incluían desde preparar la pócima favorita del rey hasta cuidar todas sus pertenencias. Enviaba con mensajeros objetos preciosos a lugares desconocidos y preparaba su equipaje para cuando hacía esos largos viajes de los que volvía cargado de oro y noticias.

Cada determinado tiempo ofrecíamos una fiesta para todos con un acto único al que acudían siempre los mismos invitados. Había un médico muy conocido por su sabiduría. Escribía manifiestos que extirpaban la verdad de la magia dejando de lado toda duda o escepticismo. Lo que él proclamaba en sus escritos era verdad y su palabra ayudaba a enaltecer a los magos que presentaban sus actos en el castillo. Si el médico decía que no había explicación científica para aquel hecho, era lógico pensar que era magia. Así los actos de los magos quedaban exentos de toda charlatanería pues la ciencia previamente los había verificado. Después estaban los magos, personajes extravagantes y andróginos cuyos movimientos etéreos y lenguas voraces hacían lo actos alquímicos más sublimes presentados en aquel castillo. Las reinas y reyes de países extranjeros se daban cita llenos de joyas, perfumes y alhajas para comprar lo que fuera que aquel castillo ofreciera. No había duda. Lo que pasaba ahí era siempre extraordinario.

En una de estas fiestas, donde parecía que todo sería igual. Bajé por la jaula de flores para abrir a los invitados. Ahora era yo la que lo hacía, era extraño pues hace tiempo que no veía a la mujer que me había recibido aquel día. Por un momento la eché de menos y pensé que tal vez ya se había ido a un lugar mejor lejos de toda aquella tiranía. Bajé en la jaula como todas las veces y recibí a nuestros invitados de siempre: el médico, el mago y algunas viejas reinas de otros países que se daban cita en el castillo para contemplar los nuevos objetos sagrados. Esta vez era un viejo mago el que se presentaba, conocido ya por sus grandes actos en todo el mundo se daba cita por primera vez en el castillo. El rey estaba contento, pocas veces se le veía así. La razón era muy sencilla. Este mago a estas alturas de su vida, había logrado convertir por alquimia, unos dibujos en la pared hechos con tiza quemada en oro puro. El acto era fascinante para los visitantes pero no para los habitantes del castillo quienes sabíamos que la magia era una combinación entre la letra del médico, las manos del mago, el edificio y los poderes del rey.

Esa noche al despedir a todos del edificio, el mago fue el último en irse. Bajé con él el ascensor y me dijo ¿Cuándo piensas salir de este lugar? He viajado por todo el mundo y tú sigues viviendo entre las rejas y los cristales de este castillo. Afuera es hermoso ¿Por qué no vienes conmigo? Me vi en el espejo de la jaula y reconocí a la mujer que me abrió aquella tarde. Siempre fui yo y siempre estuve en ese edificio. Salí con aquel mago a recorrer el mundo y en un momento lo abandoné, el encantamiento del viaje se evaporaba y soñaba con un lugar lejano al que yo pertenecía.

Así llegué, seducida por la arquitectura de un castillo cubierto de urbe en el límite del mundo.

Toqué la puerta, nadie contestó. Finalmente una mujer salió por mí y sin palabras, me condujo a una puerta interior más pequeña. Tuve miedo. La mujer se parecía mucho a mí.